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Leyendas y Relatos

Diciembre 5th, 2005 por Admin
Tiempo promedio de lectura 33'17 minutos
Todo lugar tiene su historia, Iguala no es la excepción, al paso del tiempo, en ella han ocurrido sucesos inexplicables y misteriosos, así como acontecimientos verdaderamente chuscos que vale la pena mencionar, sin embargo, muchos de estos sucesos nos serían totalmente desconocidos, de no ser por el valioso trabajo que realizan personas como las ilustres profesoras Catalina Pastrana y Constantina Parra Rogel, que preocupadas por hacer preservar nuestras costumbres, han recopilado cuidadosamente la información que llega a sus manos sobre la historia de la ciudad, haciéndola permanecer por siempre mediante la palabra escrita, puesto que, como bien lo dijo cierto pensador: “…Si algo no está escrito, no existe”, es gracias a nuestros escritos que logramos recordar sucesos que sucedieron hace cientos de años, de no ser por la palabra escrita…ya los hubiéramos olvidado y en este momento creeríamos que jamás sucedieron.

A continuación se presenta una selección de lo mejor de las leyendas y los relatos de Iguala, las cuales son desconocidas por la gran mayoría de sus pobladores debido a la falta de difusión, algunos de estos relatos se encuentran escritos en primera persona debido a que son narrados por la persona que los vivió y perderían ese sabor a misterio si fueran escritos de alguna otra manera.


* El santo patrono de Asís * El Fantasma que lavaba
* La carroza de la muerte * El ataúd que arrastraban
* Por el viejo barrio de San Juan * El fantasma madrugador
* Un amor para el olvido * El fantasma simpático
* Leyenda de la tamarinda * La promesa
* La historia de doña lola * La leyenda del cañon de la mano
* La ducha * La leyenda del asta bandera monumental
* El personaje de negro * El hombre del buen hablar
* El último adíos * Padre Jesús: niño travieso
* Un amor hasta la muerte  
 
 
· El Patrono de Asís (leyenda de Iguala).

Concluida la conquista de México con la caída de Tenochtitlan, capital del imperio Azteca, porque los demás reinos se cometieron voluntariamente al yugo español, como los Zapotecas, o por las armas como los Tarascos que lucharon estérilmente, vinieron las exploraciones hacia diversos puntos de la gran nación mexicana.

El capitán Hernán Cortes envió a sus lugartenientes a la exploración de las nuevas tierras; fue así que Gonzalo de Sandoval recorrió parte de lo que hoy es la Costa Chica avecindándose transitoriamente en Ometepec; Pedro de Alvarado partió a la provincia de Ayacaxtla, a la que le dio el nombre de Jalapa, fundado el pueblo de san Luis Acatlán en tanto Gonzalo de Umbría partió a la tierra caliente llegando hasta Zacatula en busca del oro que, sabia por boca de los naturales, abundaba en la región.

Es posible que Umbría haya conocido el poblado de Yohalcéhuatl, fundado por la tribu Azteca precisamente al pie de la falda del que hoy se conoce como Cerro Grande y antes se le llamo Gueycatepec, situado al poniente de la estación del ferrocarril. Ahora ese primitivo lugar es conocido como pueblo viejo.

Tan pronto hubieron las condiciones para iniciar la evangelización de estas tierras, aparecieron los frailes franciscanos a cuya orden le toco traer la doctrina de Cristo. Corría entonces el año de 1535 y procedían de Taxco, en donde ya habían levantado un convento y algunas capillas cercanas.

En ese año los santos varones se instalaron procediendo desde luego a enseñar la nueva religión, la cual fue abrazada con fe por los indígenas. Pueblo Viejo, habitado por tlahuicas era conocido por ellos con el nombre de Yohualcéhuatl, al que se le da el significado de “lugar de la divinidad de la noche”.

Para que la enseñanza religiosa fuera mas atractiva los frailes entregaron a los indios una figura de San Francisco de Asís, fundador de su orden, la cual estaba tallada en madera, bien pintada y con el habito de la propia orden; además se dieron a la tarea de construir una pequeña capilla en donde se enseñaba también la santa religión a los niños. Los indígenas poco a poco fueron abandonando sus antiguas creencias religiosas, abrazando con notable fe la nueva doctrina que les ofrecía los altos dones espirituales, la gloria y el cielo al fallecer.

Cinco años tenían los frailes enseñando su nueva predica religiosa, la cual también introdujeron en toda la amplia comarca, cuando una tarde el cielo empezó a poblarse de negros nubarrones, a los que siguieron rayos amenazadores y truenos que hicieron recoger a los vecinos en sus humildes jacales. No obscurecía aun y el cielo pareció abrirse dejando caer una incesante lluvia que en poco tiempo todo anegó; las tierras de cultivo quedaron sepultadas por toda esa agua que de manera incesante llegaba. Ríos y barrancas empezaron a crecer arrastrando todo lo que encontraba a su paso; el temor y la desesperación pronto hizo presa de todos los vecinos de Pueblo Viejo, a quienes no le quedo mas remedio que encomendarse a Dios, porque presentían que su fin estaba próximo.

Ante todo una muerte que les parecía segura de no ponerse a salvo, muchos optaron por buscar refugio en lo alto de los cerros, en tanto que quienes no tomaron esa providencia fueron arrastrados por las tormentosas aguas pereciendo ahogados. La pequeña capilla levantada apenas, no resistió el embate de las furiosas aguas, siendo arrastrada por una corriente que todo lo destruía a su paso. A eso de la media noche el cielo dejo de caer su torrente; las nubes negras desaparecieron para dar paso a las estrellas que podían mirarse cintilar en el lejano firmamento.

Al amanecer se pudieron cuantificar los daños; del poblado nada quedaba en pie porque todo se lo había llevado las aguas. Como la iglesia había desaparecido, todos como una sola persona se dieron la tarea de buscar la figura de San Francisco de Asís, la cual encontraron luego de varios días de intensa búsqueda, a varios kilómetros de lo que fue el poblado. Estaba entre unos troncos de árboles que la tormenta había arrancado, casi envuelto por espinosas ramas de huisache.

Con todo género de precauciones quienes lo encontraron lo sacaron de su prisión, llevándolo con gran delicadeza a donde estuvo Pueblo Viejo. Luego de una reunión tenida con los ancianos, como entonces se solía hacer, todos estuvieron de acuerdo que lo mejor era cambiarse de lugar, escogiendo como el sitio adecuado para levantar el nuevo caserío el centro del valle, ocurriendo esto en el Año del Señor de 1559.

Como la figura de San Francisco de Asís estaba muy deteriorada, se le mando arreglar de manera conveniente; una vez qué se le reparó se le construyó su capilla colocándosele en el altar mayor siendo desde entonces el patrono de Iguala, celebrándose el 4 de octubre de todos los años una fiesta en su honor.

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· La carroza de la muerte

Por muchos años Iguala fue una población guerrerense que mayor prosperidad logró al poco que el ferrocarril la comunicó con la capital de la república y otras muchas ciudades. La cercana Tepecoacuilco que antes había vivido una época de bonanza se desplomó comercialmente al quedar las locomotoras; lo mismo ocurrió con Chilapa en la parte oriente de la entidad, la cual también empezó a mirar días duros al quedar fuera de las carreteras que se construían por todos lados ignorándola.

Como toda población, Iguala es un lugar de leyendas y tradiciones, las cuales ha pasado de generación en generación de manera oral por lo que no se han perdido y siguen contándose de manera sabrosa a las nuevas generaciones, una de estas leyendas es · "La carroza de la muerte ", a la que se ha dado vigor y como consecuencia logra la atención de quien la escucha.

A finales del siglo pasado el barrio del Juanacate era un caserío disparejo, en donde lo mismo habían enormes casonas que jacales en sus orillas; en este barrio tuvo un gran establecimiento comercial don Nicolas Linche, cuya tienda de abarrotes "Las Glorias del Mundo", era también un centro de reunión de Viejos Igualtecos, quienes por la noche solían platicar de sus muchas cosas.

Esas noches solían ser por lo general lóbregas, ya que después de las diez de la noche, los contados vecinos que colocaban algunas lámparas y faroles para alumbrar la calle los metían quedando ésta como si fuera la boca de un lobo. Los pocos trasnochados tenían cuidado para llegar a su casa a todas deshoras, por que era fama que el maleficio se extendía por toda la barriada.

Juan y Francisco, dos muchachos que tenían su hogar en el Juanacate, atendían a extramuros de la población una pequeña tierra de labor; sin sentirlo la horas se les fueron pasando hasta que la noche tendió su manto oscureciéndolo todo. Serian como las doce de la noche de un día del mes de septiembre de 1889, cuando luego de su faenas agrícolas retornaban a sus hogares, por la calle que ahora lleva el nombre de Joaquín Baranda, conociéndole entonces simplemente como la del “Ámate” porque un corpulento árbol de esa variedad crecía a placer, su sombra se hacia pesada, como si cobijara en ella algún espíritu maligno.

Iban Juan y Francisco platicando de lo que esperaban de su sementera, cuando de pronto escucharon en medio de la oscuridad, el aparatoso ruido de unas ruedas metálicas de algún carruaje, acompañada del trote de algunos caballos de cuyos cascos herrados chocaban contra las lozas del empedrado sacando algunas chispas. La sangre se les heló cuando el carruaje pasó casi atropellándolos, llevando en su interior un esqueleto, cuyas huesudas manos guiaban las riendas.

Al pasar a su lado, ese cuerpo carente de carne los miró fijamente, pudiendo advertir que de sus cuencas sin ojos le salían luces de colores, las que se desvanecían conforme la carreta avanzaba lentamente, hasta llegar a ese frondoso ámate en donde como por arte de magia desaparecía, volviendo a quedar un ambiente de tranquilidad, solo turbado por un ambiente caliente que hacia crujir las ramas de ese imponente ámate.

Los dos campesinos quedaron helados de terror, Juan al ver ese cuerpo huesudo se desvaneció sobre una pared de adobe, en tanto que su compañero quedó petrificado sin poder dar un solo paso, con el habla cortada por la terrible impresión. Al amanecer los cuerpos de los dos jóvenes fueron encontrados sin vida; en sus rostros podía advertirse que algo sobrenatural habían mirado que los llevo a la tumba. Otras personas que por muchos motivos tuvieron que abandonar sus hogares para ir a algún mandado, pero que tuvieron mejor suerte en los labriegos, contaban haber visto a una mujer elegantemente vestida, toda ella de negro, enjoyada a más no poder, conduciendo ese carruaje. En lugar de perfume el ambiente se enrarecía dejando un penetrante olor a carne descompuesta. Luego de cruzar la calle se perdía en la distancia; escuchándose al poco un largo lamento.

Durante muchos años exactamente a las doce de la noche, los moradores del barrio del Juanacate escuchaban el ruidoso paso de la carroza de la muerte, sin atreverse a salir y en cambio rezar acongojados, plegarias para que sus rogativas fueran escuchadas por el altísimo, desterrándose ese maleficio que tenia aterrorizado a todo el vecindario.

A partir que Iguala fue electrificada a principios de las años 30’s de este siglo, el barrio de Juanacate recibió el beneficio de la luz artificial; también el tiempo provoca que las viejas casas fueran demolidas por la piqueta, levantándose en su lugar viejas residencias.

El ámate fue cortado haciéndose con el leña que la gente pobre se encargó de vender .

Desde entonces nadie volvió a ver esa misteriosa carroza de la muerte, quedando sólo la leyenda.

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· Por el viejo barrio de San Juan
Tomada de “Iguala la trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Por el año de 1900, caminaba por la calle el güero galán, era prefecto de la ciudad. Le decían el güero galán por galán y por güero, Sus ojos zarcos perseguían a una Sanjuaneña guapa, alta, frondosa, de pelo largo, morena de ojos prietos, y con un andar de reina. La llamaban la Juanota.

El güero andaba loco por ella, pero ella tenía marido. No supo cómo pasó, pero correspondió al amor. Fue difícil, pero sus dos locos corazones se unieron en la pasión. Tal vez se refugiaron en la sombra de la luna y en un lecho de arena del caudaloso río San Juan.

Lo malo fue que al marido le chismearon ese amor. Prosaico él, la asechó, y ella como ciervita campera cuidó sus pasos, pero no dejó el amor. Los dos grandes ilusos, para vivir su pasión, le cubrieron los ojos al sol. Pero los celos del marido, como llamaradas de fuego, la acorralaron, le cerraron la tranca y lanzaron la ilusión.

El amante desesperado resentía la ausencia, buscaba a su amada, ella impaciente esperaba.

Una tarde, todavía con claridad del crepúsculo, el marido sacó de la casa a su bella mujer. Tomaron el rumbo de Tuxpan. Caminaron llano adentro, a campo abierto. Ella presentía la intención, tiritaba de miedo, mientras el escondía sus celos y el rencor.

Caminaron entre brechas y marañas. El nada preguntaba, ella nada decía.

Al llegar a un terreno baldío se detuvieron. Ella inclinó la cabeza por el peso de su culpa. El apretando las mandíbulas se preparaba para el castigo. – Te voy a matar – le dijo, ella guardo silencio. Pensaba en la humedad de la arena y en las mariposas volando en medio del amor. En ese momento él la mató. Cavó la fosa, la enterró, cubrió el lugar con marañas y piedras y se fue. Camino sin corazón, porque su corazón lo enterró en la fosa junto con ella.

Pasaron cada vez más y más días y el güero galán se impacientaba. Comenzó a buscar a su amada. Nadie la había visto. Pensó entonces en el marido, mandó que lo detuvieran y bajo sospecha lo encarceló.

Jamás se supo si por las buenas o por las malas, el marido confesó la verdad y los llevó al lugar de los hechos.
Quitaron las piedras y la tierra, y ahí estaba la bella mujer que arrancó suspiros al pasar, su hermosura adornó las calles del barrio de San Juan.

El güero galán enfurecido y con los ojos llenos de lagrimas, le dictó sentencia, ahí mismo lo mató. Lo enterraron en la misma fosa, y en la misma fosa enterraron también los celos y la traición. Pero quedo en la nostalgia el amor.

A través de los años, sobre la fosa que guarda la traición y el amor, se levanta hoy el Cereso.

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· Un amor para el olvido.
Tomada de “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Hace muchos años, por la calle de Aldama vivió don Albino el aguador, la importancia de don Albino estaba en su violín. Con su violín ensayaba a las pastorcitas que cantaban y bailaban el doce de diciembre en la fiesta de la Guadalupita.

Como aguador o como violinista siempre anduvo con su ropa de manta. Era un hombre alto, de piel blanca, de ojos grandes y apacibles. Su esposa era bajita y delgada. Por la tarde, después del trabajo, ambos se sentaban en el patio de su casa, ahí tenían jazmines y un rosal, ahí tomaban los dos su descanso. El tocaba el violín y ella lo miraba embelesada, pero se dormía, él seguía tocando el violín.

Esa era su vida cotidiana, sencilla, tranquila, una humilde pareja unida por el amor y la música.
Entre los días rutinarios fueron envejeciendo sin llegar a la ancianidad. En una de esas tardes ella murió, sus ojos secos se cerraron para siempre, y los ojos color de miel de don Albino, se volvieron un manantial de lagrimas.

También en el dolor, sus días se fueron haciendo rutinarios. La soledad no cambió en nada su vida, pero la tristeza se le hizo larga.

Por las tardes y por mucho tiempo, Don Albino siguió tocando el violín, por la noche, ponía sobre la cama un vestido de su esposa, lo extendía y lo contemplaba extasiado, su amor se fue haciendo sublime.

Mientras tocaba percibía en el viento el olor de los jazmines y el sabor de los recuerdos.
La tristeza y la música hasta el fin, lo unieron más a su esposa, siempre entre las dulces notas de su violín.

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· Leyenda de la tamarinda.
Tomada De “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Se cuenta que entre los 32 tamarindos de Iguala, existe una hermosa tamarinda que prodiga entre sus vainas hechizos de amor.

Las igualtecas, para conquistar a los forasteros que venían a la ciudad, les daban a beber el agua mágica de la tamarinda, que estaba preparada con vainas embrujadas…y así nadie escapaba a la pasión, el galán forastero acababa enamorado y casándose.

Esta leyenda inspiró una hermosa poesía de Catalina Pastrana, que reza de la siguiente manera:

La tamarinda de Iguala
con majestuoso candor,
es una dulce leyenda
que cuentan de flor en flor.
Dicen que su verdor
es tibio y suave como un nido,
cálido como un suspiro
matizado de arrebol.
Supe que la tamarinda
teje y teje con sigilo
las trampas para el amor.
Nos afirma la leyenda
que el caminante que pasa
por esta bella ciudad,
aquí se queda y se casa.
Como lo azuza el calor,
toma agua de tamarinda
que es un elixir de amor.
También dice la leyenda
que la dulce tamarinda
de ojos color de miel,
guarda el embrujo en su fronda
para atrapar a un doncel.
Y si una damita quiere
caminar con su galán
entre la marcha nupcial,
que bese a la tamarinda
con simétrico candor,
que recibirá en el beso
el sortilegio del amor.
Con el hechizo en los labios
al besar a su doncel,
éste quedara embrujado
y locamente preparado
para la luna de miel.
La dulce tamarindita
de los ojos de cristal,
anuda con sus hechizos
el lazo matrimonial.
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· La historia de Doña Lola.

Tomada de “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Doña Lola en los momentos de morir sintió angustia porque su hija comenzó a sentir los dolores de parto y el esposo trabajaba en Cuernavaca.

Esa misma tarde el esposo llegó directamente al ISSSTE muy a tiempo para atender a su mujer y a su hijo.

Cuando todo pasó y el pequeñito dormía en el cunero, ella le pregunto a su esposo:

¿Quién te avisó que llegaste tan pronto?
Tu mamá. Por cierto que la vi delgada y pálida
¿Mi mamá?
¡Si!
¡No puede ser!
Sí pues, ella fue y me dijo que me viniera rápido, que te habían traído al ISSSTE porque ya iba a nacer el niño,. Insistió que me viniera presto.
¡Oh Dios! ¿cómo fue?
¿Por qué?
Mi mama está tendida, murió esta mañana.
¿Pero entonces? Yo hable con ella, hablamos.
¡Cálmate, cuando se pueda hablaremos con un padre. ¿Te parece? siéntate, el padrecito nos explicará.

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· La ducha.
Tomada de “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Una de nuestras costumbres más arraigadas son las levantadas de cruz. En casa, después de levantar los candeleros, la mesa y la cruz, se sintió un vacío con sombras por los rincones, en medio de esos silencios, un día, al atardecer, mi hermana muy asustada me dijo: - Ven, alguien se está bañando.

- ¿Quién?
- No sé, nadie ha entrado, nadie contesta.
- Pregunta otra vez.
- Ya lo hice y nadie contesta. Ven y pregunta tú.

Fui, la cortina del baño estaba cerrada, caía de la regadera un chubasco de agua, y se percibía un tenue ruido, un ligero movimiento.

Caminé lentamente, no hablé, abrí la cortina del baño y no había nadie. Traté de cerrar la llave de la regadera, pero de súbito el agua dejó de caer, en ese momento sentí miedo. Pensé en las rezanderas cuando dicen: vamos a levantar la sombra, eso fue lo que sentí, como una sombra que se alejaba de ahí sin prisa, lentamente. Claro que sentí miedo. Mi hermana comenzó a rezar y yo fui por el agua bendita. Desde luego que al día siguiente llamamos al Padre Carlos para que bendijera la casa.

Llegó y le expliqué. Convencido me dijo: Hay cosas que no tienen explicación. Olvídalo. Comenzó a rezar.

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· El personaje de negro.
Tomada de “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

La experiencia le aconteció al Profr. Rodríguez.

…La semana pasada fui a México, a mi regreso llovía a cántaros, por la Pera casi se obscureció por el aguacero, cuando llegamos aun llovía y era de noche, para colmo no había taxis, tiritando de frío me paré a esperar en la semiobscuridad y vi uno, se acercó a mi sin que le hubiera hecho la parada, era un carro grande de los antiguos, me subí dándole las gracias a Dios, y le conté al chofer que desde México no había parado de llover, gracias a Dios le dije, llegamos con bien.

El chofer no contestó nada, recorrimos algunas calles en silencio y se detuvo en mi casa, pero yo no le había dicho en donde vivía, en ese momento no lo pensé, bajé, pregunté cuánto le debía, pero el hombre vestido de negro, no contestó, se fue. Entonces sentí miedo, me temblaba la mano al abrir la puerta de la casa, la llave no entraba, y más miedo sentí al entrar, esa noche no había nadie. Me armé de valor a base de disparates, prendí la tele, me senté y traté de pensar con lógica en todo lo sucedido. Bueno ya – me dije -, fue un difuntito, qué más da, a lo mejor en Mictlán ya no caben y regresan tranquilamente al lugar en donde vivieron. Sepa la jodida, pero los muertos dan miedo. No crean que les prendo veladoras para que se vayan, no, les doy unas cuantas mentadas y se van, o a lo mejor no se van, pero con las mentadas yo me armo de valor y los mando a la…otra vida.

Pero de que los muertos vuelven, vuelven.

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· El ultimo adiós.
Tomada de “Iguala la Trigarante” de la Profesora Catalina Pastrana.

Hay personas que seguramente aun recuerdan al doctor Miana. Hace muchos años tenía una clínica en Taxco, pero era muy conocido en Iguala. Una mañana por la carretera a la ciudad platera, el Dr. rebasó al Padre Galdino con su viejo carrito convertible tan conocido como él, al rebasarlo le dijo adiós, su poco pelo a pleno sol revoloteaba con gracia en el viento. El Padre Galindo contestó el saludo y pensó saludarlo personalmente después de arreglar sus asuntos en Taxco, y así fue. Pardeaba ya cuando llegó a la clínica y preguntó por él, hubo un momento de silencio antes de la respuesta.

- Lo siento -  dijo  el Dr. Miana ya no está aquí, murió la semana pasada.

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· Un amor hasta la muerte.
Tomada de “Iguala la Trigarante” de la profesora Catalina Pastrana.

Se dice que en los primeros años de 1900, los juanacateros eran rivales a muerte de los sanjuaneños, tanto, que un sanjuaneño no entraba al barrio de Juanacate y menos de noche.

Cuenta la historia que un sanjuaneño se enamoró desesperadamente de una bella juanacatera. Los dos estaban prendidos de amor.

Los padres de ella pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron:

- ¡Jamás, nunca lo permitiré!
- ¡Me casaré con él, porque si no, me muero!

Un día el padre y el hijo mayor fueron de cacería y se llevaron a la pequeña. El padre era buen tirador y mató un venadito.  – recógelo - le dijo a su hija.

La niña corrió feliz a recogerlo y en ese momento se escuchó el segundo disparo, la niña cayó sobre la hierba, sus ojos llenos de asombro miraban en la lejanía a su amado. Poco a poco cerró los ojos pero quedaron en ellos el gran amor de su vida y de su muerte. Con su ultimo aliento guardó en su alma el amor.

El hermano mayor se quedó atónito, el padre dijo:

- ¡Es mejor muerta, que viva pa´ese!

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· El fantasma que lavaba
Tomada de “Experiencias en lo increíble pero cierto”. Otoño del 98.
De la Profesora Constantina Parra Rogél.

En el año de 1970, yo tenía mi dormitorio hasta el fondo de la casa, porque era el lugar más tranquilo, sin la molestia del ruido de la calle.

Una noche, por su trabajo, mi esposo me habló por teléfono y me dijo que no podía llegar temprano, y como esto no sucedía con frecuencia, no llevaba llave. Por lo que me pedía que estuviera pendiente para abrirle. Por esta razón, no pude conciliar el sueño y me puse a leer. Como a las doce de la noche empecé a oír como que alguien estaba lavando ropa, clarito se oía como se restregaban las prendas y se extraía agua del tanque y se vertía al lavadero para después dejar caer la jícara vacía.

Al principio pensé que sería la vecina la que estaba lavando, pero al pasar las horas, el ruido se oía más cerca, ahí junto a mi recamara, pues el lavadero se encuentra como a metro y medio e mi puerta; la luz estaba encendida, a pesar de eso ya me estaba poniendo nerviosa ese ruido, y no pudiendo aguantar más, abrí la puerta para sorprender a la persona que lavaba, pero no había nadie, me acerque al lavadero, tenia la seguridad de que debía de estar mojado pero estaba seco, seco, me asomé al tanque de agua; unos minutos antes oí el chapoteo del agua al golpearla con el cazo para extraerla, pero el agua estaba quieta y el cazo boca abajo en su lugar.

Poco después, me cambié a la planta alta y ese cuarto se le dejó a la muchacha que hacía el aseo; ella ocupó el cuarto por tres años y un día le pregunté: ¿Teodora, en el cuarto donde duermes no espantan?, y ella respondió muy segura: No, no espantan; nada más noche con noche lavan y lavan.  ¿ y no te da miedo ?, le pregunté, y respondió: - No, pues yo lavo de día.

Nunca le narré mi experiencia y me reí de sus respuestas, pues ella nunca se imaginó la razón por la cual le pregunte aquello.

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· El ataúd que arrastraban.
Tomada de “Experiencias en lo increíble pero cierto”. Otoño del 98.
De la Profesora Constantina Parra Rogél.

El dueño de la casa donde vivimos, amaneció una mañana muerto. Pasando el novenario, una tarde que entraba a la sala, oí como que arrastraban un mueble de madera en un lugar indefinido; lo comenté con mi suegra y ella me dijo que ya otras veces lo habían escuchado, que seguramente era porque le había ofrecido un rosario al difunto y no le había cumplido.

Cada día, a diferentes horas, se escuchaba el mismo ruido, hasta que ya todos en la casa lo habíamos oído. Mi hija Martha, que entonces tenia seis años, dijo que arrastraban bajo la tierra una caja de muerto; nadie en casa había dicho esto, todos se referían a un mueble que arrastraban.

Una noche doña Jovita, mi suegra, reunió a toda la familia en la cocina, que era el lugar donde más se oía el ruido, para rezar un rosario por el eterno descanso del señor Anacleto, el dueño de la casa. Cuando estábamos en pleno rezo, se escuchó nuevamente el ruido justo bajo de mí, que estaba arrodillada; de un salto me puse de pie para salir corriendo, pero nadie se movió, por lo que solamente me coloqué al lado de mi esposo.

Todos siguieron rezando como si nada se hubiera escuchado y esa fue la ultima vez que escuchamos el ruido.

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· El fantasma madrugador.

Tomada de “Experiencias en lo increíble pero cierto”. Otoño del 98.
De la Profesora Constantina Parra Rogél.

Corría el año de 1942 cuando mis padres decidieron dejar nuestro pueblo; llegando a Iguala, nos dio alojamiento mi abuelita, que vivía en el barrio de Juanacate, en la vecindad de don Pedro Ramírez; frente a ésta vivía una señora que lavaba ropa en la laguna de Tuxpan, por lo que salía muy temprano y regresaba ya muy tarde; no hablaba con nadie y llegando empezaba a decir y maldecir por supuestas averías que le habían hecho los vecinos en su ausencia; decía que tenia un hijo que trabajaba de ayudante en un camión de carga, pero yo nunca lo vi.

Una tarde llegó una carroza, el hijo de la señora había muerto, sola instaló la capilla fúnebre, sola la veló, sola le lloró y ningún vecino la acompañó. Al otro día vino la carroza y se lo llevó; ella no regresó y la vivienda quedó desocupada y fuimos nosotros quienes la ocupamos.

Mi mamá se levantaba muy temprano para ir al molino y hacer las tortillas que vendía; una mañana ya no oímos ruido, por lo que supimos que ya se había ido, eran como las cuatro de la mañana; de pronto entró una señora a la habitación, llevaba rebozo y una canasta de mandado en el brazo, la luz estaba prendida y vimos cómo nos miraba fijamente a mí y a mi hermana, pues las dos estábamos despiertas, no teníamos miedo, ya que mi papá dormía junto a nosotras.

Al otro día, fue mi hermana la que le dijo a mi mamá lo de la visita, ella nos dijo:

- No se espanten, fue la virgen que visita a las niñas buenas
- ¿Y para que las visita?
- para ver si tienen de comer
- con razón volteó a ver el costal de frijoles que trajimos del pueblo

Yo no dije nada; pensé: No fue la virgen porque a ella la conozco bien, pues la he visto muchas veces, en la iglesia; ésta debe ser una señora que vive por acá y me voy a proponer buscarla para saber quien es.

Así pasaron los días, los meses y los años y jamás la volví a ver, mis padres inmediatamente buscaron otro cuarto, aunque en la misma vecindad, pues estaban seguros de que habíamos visto el fantasma de la anterior inquilina que murió poco tiempo después que su hijo.

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· El fantasma simpático.
Tomada de “Experiencias en lo increíble pero cierto”. Otoño del 98. De la Profesora Constantina Parra Rogél.

Corría el año de 1944, vivíamos en la calle del Ferrocarril, paralela a la vía del tren que va para Balsas, cerca de la fábrica de aceite (Minaya), que por esa época estaba en su apogeo , habían tres turnos de obreros, se trabajaba de día y de noche.

Mi papá era bodeguero de la compañía Mexargo S.A., que compraba todo el cascalote que se traía de Tierra Caliente; la bodega tenía 10 cuartos, los cuales se llenaban hasta el tope y para que les cupiera más, los costales se vaciaban poniendo algunos llenos sólo en las puertas, después se envasaban otra vez y se cargaban en el tren; yo creo que para León Guanajuato, donde el cascalote se usaba para curtir pieles.

Nosotros ocupábamos la vivienda principal, teníamos teléfono, luz y un pozo donde extraíamos el agua. Una vecina que se llamaba Catalina y su esposo Zeferino Arce (que trabajaba en la fabrica mencionada) tenían cinco hijos, tres mujeres y dos hombres que eran muy traviesos y alborotadores, por lo que pocas veces jugábamos con ellos.

Una noche, mis padres se fueron al centro y quién sabe por qué se les hizo más trade de lo normal, por lo que le pedimos a doña Catalina , que dejara que sus hijos nos acompañaran hasta que llegaran nuestros papás, a lo cual ella convino.

Empezamos a jugar rondas infantiles, ellos gritaban a más no poder; de pronto, una de las niñas volteó a la puerta del patio y me dijo: ¡Mira tu hermano!; volvimos todos la cabeza y vimos a un muchacho (que por supuesto no era mi hermano, sino un desconocido que nos miraba sonriendo). La casa estaba completamente bardeada y todas las puertas cerradas; para que los niños no tuvieran miedo y no se fueran, yo no los saqué de su error, aunque todos conocían a mi hermano y por supuesto, ése no era.

Yo empecé a cantar más alto, pero por más esfuerzo que hacia ellos ya no me seguían y no dejaban de mirar la puerta del fondo. No sé cuando desapareció el muchacho, pues yo estaba ocupada en tratar de retener a mis pequeños visitantes; por suerte, llegaron nuestros padres.

Al otro día, doña Catalina le dijo a mi mamá:

- Doña Nati, no ande dejando solas a sus hijas, pues anoche las espantaron, vieron a un muchacho que murió hace dos años en esa casa, pues asaltaron la bodega, se llevaron el dinero y al muchacho lo ahogaron tapándolo con ajonjolí, el dueño creyó que el empleado había huido con el dinero, y al levantar el ajonjolí, encontraron su cadáver.

Yo no le creí a doña Catalina, porque la persona que vimos era demasiado real para ser un fantasma; además, se veía tan contento; era moreno, con los dientes más blancos y parejitos que jamás había visto, pues lo vimos justo debajo del foco que estaba en el marco de la puerta.

Puesto que yo no le creía, estaba segura de que algún día lo volvería a ver y así, comprobaría que doña Catalina había mentido, pero por más que me fijé, nunca lo volví a ver.

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· La promesa.
Tomada de “Experiencias en lo increíble pero cierto”. Otoño del 98. De la Profesora Constantina Parra Rogél.

Desde que yo tenía 15 años, me dediqué a ser catequista, cuando me dieron mi primer nombramiento de profesora, ya no tuve tiempo para eso; mi vida cambió radicalmente, me compraba todo aquello que yo siempre quise tener y asistía a cuantas fiestas o reuniones había. Esta vorágine se vino a ver interrumpida, una vez que tocaron a la puerta y tuve frente a mí a una señora o señorita, que yo nunca había visto, en los 10 años que había vivido por ahí. A pesar de estar yo bien arreglada, pues estaba a punto de salir, me cohibió la presencia de esa dama, pues no sólo estaba presentable sino que se veía elegante.

Me dijo que venía a verme porque tenía una promesa que no había cumplido y quería que yo la ayudara, dando clases de catecismo a un grupo de niños que ella iba a invitar a su casa el próximo sábado a las 11:00 horas; le pregunte la dirección y por las señas que me dio, yo ya conocía el lugar; le dije que sí y el día indicado llegué puntualmente. En el patio vi un grupo como de nueve niños, todos vestidos de blanco, me acerqué y vi a la señora en el interior de una habitación que estaba abierta.

Empecé a dar la clase lo mejor que pude, alzando la voz para que la señora oyera, aunque se me hacía mucha desatención de su parte, que no estuviera ahí, pues la promesa era de ella. Pensé que tal vez estaría preparando algún refresco o agua para obsequiarme por el favor; del lugar donde yo estaba dando clase, se veía a toda la gente que pasaba y me extrañó que todos voltearan a ver sorprendidos, pero no pasó nadie que yo conociera.

Los minutos pasaban, el sol ya nos estaba llegando, por lo que decidí dar por terminada la clase, no sin antes recomendarles que no faltaran el sábado siguiente; les pregunté donde vivían , si eran de la colonia Ejidal,; sólo el niño más grande se expresaba bien, y dijo a todo que sí; se levantaron para irse, pero al hacerlo, vi que se iban hacia adentro y no hacía la calle como debía ser, por lo que les hablé y les dije: -¿Por qué se van por ahí? ¿qué, por ahí hay salida?, a lo que el niño mayor me dijo que sí.

Enseguida me dispuse a decirle a la señora que ya me iba y para ello, me paré en el quicio de la puerta, donde la había visto al llegar; pero por más que le grité, nadie me contestó, por lo que me introduje y de pronto sentí el sol en mi cabeza; la habitación no tenia techo, eran puras ruinas y no había señales de que alguien viviera ahí. Como ya venía el circunvalación que me llevaría al centro, salí corriendo; el chofer y su ayudante que me conocían, se asombraron al verme salir de ahí, pero yo les dije que había ido a dar doctrina, cosa que ellos no creyeron.
Pasaron los días y no volví a recordar el incidente, ni lo comenté con nadie; pero el sábado siguiente, me presenté al mismo lugar, no por la señora, sino por los niños; no hubo nadie, y el lugar que la semana anterior me pareció limpio y arreglado, ahora estaba cubierto de basura y sucio, por lo que me retiré.

Las muchas ocupaciones me impidieron acordarme de estos hechos, hasta que 20 años después, mi suegra, platicando, un dia me dijo que las personas que mueren y deben una promesa, vienen porque vienen; por otro lado, a la señora nunca la volví a ver y la casa siguió en ruinas por muchos años más, ¿Quién fue?; los niños ¿eran vivos o muertos?, las personas que pasaban por la calle ¿los verían como yo los estaba mirando o sólo me verían a mí, perorando en una casa en ruinas y abandonada?.

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· La leyenda del Cañón de la Mano.

Se dice que este imponente lugar era el refugio de Satanás, quien cuidadosamente vigilaba su refugio cobrándose las vidas de aquellos que lo profanaban.

Cuando se construía en aquel lugar el puente por el que pasaría el ferrocarril, hubo verdaderos percances muy serios, la obra se caía y no se podía terminar, muchísimos peones murieron al construir esa obra porque se dice que el diablo estaba molesto.

Al ver que la obra no avanzaba y que cada día eran más los muertos, los trabajadores y encargados hicieron una manda al Señor de Chalma, y se dice que con eso se solucionó el problema.

En cierta ocasión el tren se descarriló precisamente en ese lugar, fue una horrible matazón, cuenta la leyenda que el diablo tomó todas esas almas para quedar satisfecho.

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· La leyenda del Asta Bandera Monumental.

Versión popular que corrió cuando el asta estaba recién inaugurada.

Durante el año de 1999, se inauguró en la ciudad de Iguala el Asta Bandera Monumental, que se dice que es la más grande de todo el mundo.

Cuentan los rumores populares, que cerca del asta existe o existió una cueva en la que habitaba el diablo, ahí nadie se acercaba porque todos los que entraban ya jamás salían.

Comenta la gente que cuando se construyó el asta, el proyecto afectó a la morada del diablo, por lo cual este se disgustó y causó muchos problemas, pero que a cambio de dejarlos construir ahí y mantener en pie una obra que se supone era imposible de realizar, el diablo solicitó a los encargados que le entregaran las almas de 110 niños, cuentan que se le dio al diablo lo que pedía y que él personalmente se encargó de poner el asta bandera en pie y sostenerla para que nunca se cayera.

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· El hombre del buen hablar.

Se comenta entre los igualtecos la existencia de un ilustre Profesor de nombre Francisco Rodríguez, el cual se hizo famoso por su elocuencia al hablar y por las metáforas que utilizaba en muchas de sus conversaciones.

Una de las historias sobre este ilustre personaje es cuando pasó por su casa un carbonero con su carga de carbón, y que además llevaba un manojo de pipichas. El profesor, al verlo, le preguntó:

“Hombre rústico que cargas la madera calcinada sobre los cansados omóplatos de tu humilde pollino, ¿cuánto quieres por tus espárragos silvestres?”

En otra ocasión, el profesor se enfermó y acudió al doctor, cuando éste ultimo le preguntó al hombre del buen hablar que es lo que había desayunado, el profesor respondió:

“Un vaso del néctar níveo de la consorte del toro, y dos células nutrientes, producto natural de las aves de corral” .

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· Padre Jesús: el niño travieso


Tomado de “Iguala la Trigarante” de la profesora Catalina Pastrana.

En años anteriores, cuando había sequías, los lugareños pedían permiso a la iglesia para sacar a Padre Jesús a pasear al campo, lo cual, según indica la costumbre y la tradición, hacia que lloviera.

Se cuenta que en una ocasión, al sacar a la venerada imagen al campo, hubo una lluvia torrencial, y un viento que chiflaba al compás de la lluvia, es decir, una fuertísima tormenta.

Al día siguiente de esta tormenta, don Lucio y Don Teofilo se presentaron a la iglesia y solicitaron permiso para sacar a la Virgencita de Guadalupe, la madre de dios.

- ¡Pero cómo!, ¿Más lluvia?, les preguntó el padre molesto.
- ¡No padre! queremos que la virgen vea todas las chingaderas que hizo su hijo.

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