Centenario de los Tamarindos
Diciembre 2nd, 2005 por AdminTiempo promedio de lectura 6'02 minutos
1932 fue un año de gala y fiesta en la ciudad de Iguala, los tamarindos del zócalo se volvían centenarios al cumplir un siglo de vida, el presidente municipal era nuevamente don J. Francisco Rueda Bravo. Los primeros días del año se instaló una segunda planta generadora de energía eléctrica, esta vez su propietaria era la Sra. Esperanza Jaimes de Castrejón, dicha planta se ubicó en la casa que se encontraba en la calla de Melchor Ocampo Esquina con Morelos.
Esta segunda planta fue de mayor capacidad, ya que producía 10 Kw y pudo dar servicio a un mayor numero de hogares, se cuenta que antes de que las apagaran en la noche lo anunciaban con 3 ligeros apagones para que los usuarios se fueran preparando a quedar definitivamente en completa oscuridad. La junta patriótica de la ciudad organizó una serie de festejos alusivos al centenario de la plantación de los tamarindos, era un evento único y magnánimo, por consiguiente no se escatimó en gastos y no se echó la casa por la ventana sino: ¡ la ciudad entera !.
Los eventos empezaron el 21 de abril con la coronación de V.M. Mercedes I, cuyos apellidos eran Rueda Sevilla; Catalina Pastrana menciona una agradable anécdota sobre este gran acontecimiento, puesto que la Srita. Mercedes Rueda Sevilla era una hermosa igualteca muda, al ganar, el público gritaba: ¡Que hable! ¡que hable!, no habló pero supo conducirse con garbo y elegancia, no fue necesario que hablara para lucir su belleza.
En la ceremonia de coronación, el C. Licenciado Donato Miranda Fonseca pronunció un discurso muy emotivo que hizo llorar a muchas personas porque les entró hasta lo más profundo del corazón, y si los tamarindos no lloraron fue nada mas porque no pueden, pero cuentan los que les tocó vivir por aquellos tiempos inolvidables que ese año los tamarindos del zócalo dieron los mejores frutos que habían dado jamás, y en grandes cantidades. Los principales párrafos de aquel discurso tan florido fueron los siguientes:
“…Al árbol centenario de tradición y de leyenda; que mudo e inmutable contempló la inquieta fuga de los años: unos de tragedia, otros de esperanza, cuando los hombres luchando por la libertad, que es perfección de las almas, creadora de culturas y generadora de civilizaciones, sintieron palpitar en su pecho las ansias de la salvación ultraterrena; regaron de cadáveres el suelo, surgió en la fértil tierra la cruz de los panteones y se llenó de sombra nuestra historia… …De la gloria y de la inmortalidad a donde tus tamarindos frondosos condujeron a través de veinte lustros a don Luis Gonzaga Vieyra, prolongaron y eternizaron su nombre en la pauta sonora de los tiempos; el calor de sus follajes volvió a su remembranza perdurable e inmortal, en proceso inexplicable lo cambió en un santo; en santo humanizado exento de matices perversos que roban la felicidad de los humildes, que roban el pedazo de pan a los desheredados con prédicas piadosas pero irrazonables; sino que sintiendo el impulso irresistible de la caridad cristiana, toda cariño, toda amor, quiso brindar al viajero lleno de congojas el regazo dulce de un oasis que aplacara su sed…”
Las ceremonias duraron una semana, existen testimonios de que el piso del zócalo se cubrió con una alfombra de tres centímetros de confeti. Los 32 tamarindos, que ya centenarios eran enormes y muy frondosos, fueron cubiertos con luces de colores, globos y cuanta cosa pudiera servir de adorno, se realizó también un baile al estilo Charlestón, concursos , desfiles, jaripeos y lo más importante…el ayuntamiento estuvo regalando agua de tamarindo, la cual debió estar deliciosa por la razón ya antes mencionada. Todos y cada uno de los 32 tamarindos que estaban en el zócalo fueron apadrinados por los propietarios de los comercios más reconocidos y distinguidos, entre ellos se recuerda a “Las Fabricas de Francia” de don Calixto Richaud; “La Mariposa” de don Gerardo Bechara; la “ciudad de México” de don Alberto Migoya; el “Centro Mercantil” de Narciso Canaan; “La cadena” de don Basilio Majul; la “Carolina” de Rutilo Bustamante; la “Conchita” de Jorge Tannuz; “La Fama” de Manuel Ortiz Vivanco; “El Gran Pantalón” de Abraham Zenado; “El Obrero” de Francisco Cassis y “El Sombrerito” de Joaquín Portillo. Desde luego que no faltó la participación de algunos jóvenes entusiastas que participaron activamente para el lucimiento de las fiestas.
La fiesta siguió durante días y la ciudad de Iguala estuvo de jubilo tanto de día como de noche en los grandes eventos que se realizaron, no fue sino hasta el domingo primero de mayo cuando las fiestas terminaron, para cerrar con broche de oro la gran celebración, se develó ese día el monumento al Gral. Luis Gonzaga Vieyra en el zócalo de la ciudad, los otros 32 tamarindos, aquellos que fueron plantados alrededor del atrio parroquial, cumplían apenas 50 años, sin embargo por la tarde se realizó un desfile de carros alegóricos, seguidos de una festejo popular que cerró el evento maravillosamente al realizarse la quema del castillos y toritos de fuegos artificiales, pero no los castillos pequeños que ahora difícilmente logramos ver, sino los fabulosos castillos de antes…¡enormes!, ¡imponentes!, ¡magnánimos!, eran de aquellos castillos que aún elaboraban los indígenas, auténticos descendientes de los chontales-aztecas, en aquel tiempo las figuras de los castillos eran de dos barcos enormes, bien iluminados y bien armados, uno representaba a México y el otro a España, los cañones del barco español tocaban ligeramente al barco de México, pero el barco de México cañoneaba bien bonito al barco de España para regocijo de chicos y grandes…esos eran aquellos castillos, autentica tradición, en estos días la ley misma se ha encargado de privarnos de lo nuestro…y nosotros nos hemos encargado de dejar aquello en el olvido… ¡ México se esta muriendo ! y lo peor del caso es que sus altos funcionarios son los que lentamente lo están matando; en un intento por salvar a nuestro país y a nuestra ciudad, a nuestras costumbres y tradiciones, me uno a las palabras de Catalina Pastrana: “México: no claudiques, el águila y el nopal siguen de pie.”
En aquellos días el edificio Moronati albergaba las oficinas de algunas compañías petroleras, y con ellas en Iguala, llegaron también las primeras gasolineras, la primera se situaba en las calles de Guerrero e Hidalgo, la concesión era de don Crecenciano Mazón Ortiz; la segunda estaba en la primera calle de Constitución y era atendida por don José Guadalupe Ramos Adán, de la compañía “El Águila”. En el mes de junio se cerró el seminario menor de Iguala, posteriormente el edificio fue ocupado por la Escuela “Ignacio Manuel Altamirano” que fue dirigida por el profesor Francisco Gonzáles Ortega.
En el mes de septiembre el director de Educación Federal, Profesor Rafael Molina Betancourt dio instrucciones al director de la escuela primaria federal en Iguala, profesor Conrado R. García, cuyo objeto era reglamentar el uso oficial de la documentación escolar para que el nombre de Iguala se escribiera con “I” y no con “y” como hasta entonces se acostumbraba ya que no había uniformidad en su uso porque cada quien lo escribía como quería, algunas veces con la Y, otras con la I.
En el mes de octubre vino a Iguala el ministro de guerra y marina, Gral. Abelardo Rodríguez, a inaugurar personalmente y de manera oficial las instalaciones militares de la ciudad, que se encontraban en el mismo lugar en el que hoy están. El día 3 de noviembre el Lic. Pascual Ortiz Rubio renunció a su puesto como presidente de la República Mexicana, tomando inmediatamente este puesto el Gral. Abelardo Rodríguez.














